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01
Abr
08

Hipocresía social

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Cada vez son más las voces que se alzan proclamando que la sociedad que nos ha tocado vivir es injusta, egoísta e insolidaria. Reclamamos derechos ante las diferentes situaciones de la vida. Al mismo tiempo relegamos sin el menor escrúpulo y sin cargo de conciencia alguno a ciertos sectores de la sociedad al anonimato más absoluto.

Podemos lanzar al mundo los mejores argumentos, adornados con frases que dejen boquiabiertos a nuestros interlocutores para quedar bien en la galería de la vida. Nuestro discurso de solidaridad, igualdad, libertad quedará anulado porque nuestros actos lo desmentirán.

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Nuestra sociedad actual es pura fachada, predomina la mentira, la adulación barata, las medias verdades, el engaño, la ley del más fuerte. Nos hemos hecho esclavos del consumismo. Confundimos calidad de vida con cantidad de bienes materiales. Anteponemos lo material a las personas.

Parece que los únicos intereses que nos mueven son nuestros problemas, nuestro confort, los problemas de los demás nos dan exactamente igual.

Durante un tiempo esta sociedad moderna nos trajo familias menos extensas. El trabajo del padre y la madre fuera del hogar, la falta de tiempo han hecho que las familias se redujeran casi exclusivamente a padres e hijos sin tiempo para cultivar otro tipo de relaciones ni con abuelos, tios u otros familiares más allá de la relación por puro compromiso.

Pero la modernidad está llena de contradicciones. Esas mujeres y hombres que un día tuvieron que sacrificar la compañía de sus hijos para dejarlos en guarderías o al cuidado de terceras personas para poder incorporarse al mundo laboral, hoy son abuelos y ocupan un papel primordial en las nuevas familias haciendo de canguros y ocupándose de sus nietos como no lo pudieron hacer de sus hijos.

Todo no son ventajas, algunos abuelos por miedo a perder la relación con sus nietos son incapaces de reconocer que las fuerzas flaquean. Los niños por otro lado pueden sufrir la diferencia de conceptos educativos. Los abuelos suelen tender a proteger y disfrutar de sus nietos, como así tiene que ser y los padres tienen la obligación de exigir, implantar disciplina, crear hábitos…etc, en una palabra educar a sus vástagos. Todo esto en ocasiones genera conflictos.

Transcurrido un periodo de tiempo, cuando los abuelos ya no son productivos y necesitan cuidados aparecen nuevamente las frases grandilicuentes, la filosofía barata, las escusas pobres, los argumentos cara a la galería que justifican nuestras acciones, la reclamación de derechos. Aparecen los intereses personales y el confort individual.

Pero aquí aparece nuevamente la Sociedad moderna, progresista con papá Estado buscando el bienestar para la población y aportando soluciones y leyes que les reportarán beneficio social y votos para seguir gobernando más que soluciones para estos sectores de población que ya no son capaces de valerse por sí mismos.

El poco valor que damos en las sociedades modernas a todo aquello que no es productivo me recuerda el ejemplo que cierto conferenciante ponía al comienzo de su charla para ilustrar a su audiencia de que lo que importa no son las apariencias si no lo que hacemos.

El conferenciante se dirige a la audiencia mostrando un billete “potente”. “¿Quién lo quiere?”, pregunta. Todos levantan la mano. El conferenciante arruga el billete y vuelve a preguntar: “¿y ahora?, ¿quién lo quiere?”. Las mismas manos se vuelven a levantar. Esta vez tira el billete al suelo y lo pisotea. Así, sucio y hecho un guiñapo lo muestra a la concurrencia. “¿Quién quiere todavía el billete?”. Las manos siguen levantadas.

Todos quieren el billete; da igual que esté manoseado, pisado, arrugado. El billete sigue conservando intacto su valor. Lo mismo sucede con nuestras vidas dice el conferenciante. Jamás perdemos nuestro valor. Ajados, enfermos, sin apenas movilidad porque la artrosis y la artritis nos ha dejado molidos, un poco -o un mucho- sordos, con dificultad para caminar.

El conferenciante concluye: “Nada de eso altera la importancia que tenemos. El precio de la vida no radica en lo que aparentamos ser, sino en lo que hacemos y sabemos.”

Los dependientes, los excluídos necesitan, además de atenciones físicas, salud y dinero, una tercera “prestación”: El amor.

¿Papá Estado se va a encargar de eso también?

¡Cuánta hipocresía social para resolver los problemas!

¡No todo en esta vida se resuelve con dinero y cosas materiales!

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