Archive for the 'convivencia' Category

16
Ene
12

Mirando al frente

Hay momentos de la vida que solo se comprenden mirando para detrás, pero la vida solo puede ser vivida mirando hacia el frente.

Este tiempo de silencio ha estado repleto de obstáculos, sueños, esperas, llegadas…, nada para destacar, como la vida de cualquier mortal.

Algunos de los pasajeros que habéis llegado hasta este blog, lo habéis hecho de una forma regular, a pesar de la carencia de nuevos post, (así lo demuestran los datos aportados por las estadísticas y los comentarios tanto públicos como los que me habéis hecho llegar al correo).

Supongo  que algunas visitas han sido por simple curiosidad y otras por seguimiento. Todo es de agradecer.

“La persistencia es el camino del éxito” decía Chaplin. Así que seguiré contando las cosas tal cual las pienso porque los que desisten jamás alcanzarán sus sueños.

Montesquieu decía: “Cuánto menos los hombres piensan, más ellos hablan”. Y cuanto más hablan de lo que no piensan, más yerran.

Yo me dispongo a seguir recorriendo el camino de la vida con la intención de hablar poco, pero decir mucho en cualquier lugar de la red con nuevas fórmulas, nuevos métodos. Hay que evolucionar y mejorar.

Seguiré atendiendo en lo que pueda, como siempre lo he hecho, cualquier demanda que me hagáis a través del correo electrónico.

¡Hasta siempre!

 Nos encontraremos en el ciberespacio.

12
Mar
09

Palabras en la Red

ideas Lanzar ideas conlleva riesgos.

 Las ideas se pueden transmitir de forma oral o escrita.

 Cada uno de nosotros podemos lanzar ideas como perdigones con el afán de dar en el blanco y destruir o herir, o podemos lanzarlas como semillas en la esperanza de que germinen y den buenos frutos en un futuro.

Una reciente sentencia del Tribunal Supremo fundamenta un recurso de una periodista señalando que:

La libertad de expresión no es sólo la manifestación de ideas sino que comprende la crítica de la conducta de otro, “aún cuando sea desabrida y pueda molestar, inquietar o disgustar a aquel contra quien se dirige”.

Esto, según el Supremo, “lo requieren el pluralismo, la tolerancia y el espíritu de apertura, sin los cuales no existe una sociedad democrática”, pero “fuera de este ámbito de protección se sitúan las frases y expresiones ultrajantes y ofensivas”.

Deberíamos percatarnos todos de esto y aplicarlo en la red. Aprender que, discrepar de las ideas de otro no da derecho a ofender, injuriar, calumniar, o descalificar.

Por el contrario cuando lanzamos nuestras ideas como semillas corremos el riesgo de que otro se apropie de ellas y nunca se nos reconozca la autoria de su creación.

Personalmente prefiero lanzar mis ideas como semillas y considero que el que necesita lanzar ideas como perdigones tiene muy pocos argumentos para defender las suyas.

10
Oct
08

USO Y ABUSO DE LAS PALABRAS

 

Los humanos somos los únicos seres de la Tierra que tenemos el don de la palabra. Gracias a las palabras podemos comunicarnos y transmitir sentimientos y estados de ánimo.

Gracias a las palabras pronunciadas podemos dar a conocer nuestras miserias o grandezas y descubrir (en parte) a nuestros interlocutores.

Si reflexionamos un poco podemos darnos cuenta del uso y abuso que hacemos de las palabras. ¿Cuántas acusaciones falsas, cuántas mentiras, cuántas estafas, cuántos chantajes, cuántas calumnias, cuánta estupidez, cuánto cinismo, cuánta violencia, cuánto odio, cuántos malentendidos, cuantas palabras corrompidas, cuántas palabras cargadas de vanidad, cuántos sentimientos heridos por el mal uso de las palabras?

Puedo parecer un poco negativa, pero además de reconocer que las palabras también son bellas y sirven para dar aliento, paz y felicidad, hoy no hay más que mirar a nuestro alrededor, leer la prensa, ver o escuchar los medios de comunicación para comprobar el mal uso que hacemos de la palabra.

El hombre en su uso y abuso de la palabra ha aprendido a herir a sus semejantes, intentando parecer superior. Cuántos más aires de grandeza manifiesta más indiferente suele ser frente a las opiniones de otros y por contra más sensible a las críticas que le llegan.

Sin embargo las cosas no siempre son lo que parecen. Coloquémonos de igual a igual ante los demás y busquemos la verdad en los hechos, no en las palabras. Empleemos las palabras para buscar el entendimiento y la explicación y dejemos fuera la rabia y el odio que llevamos dentro. Usemos las palabras y evitemos el abuso de las mismas actuando como el profesor de la historia que os dejo a continuación.

 

_____________________________________

Había un profesor estricto, conocido por sus alumnos como un hombre justo y comprensivo. Un día al terminar la clase, mientras el maestro organizaba sus documentos encima de su escritorio, se le acercó uno de sus alumnos y en forma ofensiva le dijo:

– Profesor, lo que me alegra de haber terminado las clases es que no tendré que escuchar más sus tonterías y podré dejar de ver su aburrida cara. El alumno permanecía con semblante arrogante, en espera de que el maestro reaccionara ofendido y enojado.

El profesor lo miró por un instante y en forma muy tranquila le preguntó:

Cuando alguien te ofrece algo que no quieres, ¿lo recibes?

El alumno quedó desconcertado por la sorpresiva pregunta.

-Por supuesto que no, contestó de nuevo en tono despectivo el muchacho.

Bueno, prosiguió el profesor, cuando alguien intenta ofenderme o me dice algo desagradable, me está ofreciendo algo, en este caso un sentimiento de rabia y rencor, que puedo decidir no aceptar.

-No entiendo a que se refiere, dijo el alumno confundido.

Muy sencillo, replicó el profesor, tú me estás ofreciendo rabia y desprecio, y si yo me siento ofendido o me pongo furioso, estaré aceptando tu regalo, pero por el contrario, prefiero obsequiarme mi propia serenidad.

Concluyó el profesor en tono gentil, tu rabia pasará, pero no trates de dejarla conmigo, porque no me interesa. Yo no puedo controlar lo que tu llevas en el corazón, pero de mí depende lo que yo cargo en el mío…

22
Jun
08

Ayer y hoy

Que la vida cambia con el paso de los años es una realidad que cualquiera podemos constatar.

Hoy, a propósito de un comentario realizado por Ibelisse en el post “Calidad humana” de este blog, en el que invita a reflexionar, yo me planteo las siguientes cuestiones:

¿Nuestra forma de vida ha mejorado con el paso de los años? ¿Vivimos hoy mejor que ayer? ¿La calidad de vida es hoy mayor?

Supongo que todo dependerá del cristal con el que se mire, pero hay cuestiones que al mismo tiempo que hacen al hombre progresar también lo destruyen.

Nuestras viviendas han aumentado en tamaño, en comodidades, pero nuestras familias cada vez son más pequeñas, cada vez disponemos de menos tiempo para compartir. Cada vez son más hogares los que se rompen. Tenemos mejores sueldos, disponemos de más comida, pero nos alimentamos peor.

Algunos vivimos en grandes ciudades, cuayas propiedades son un trozo de aire en el piso…

No conocemos a nuestros vecinos. Todos estamos excesivamente ocupados, entramos, salimos, pero no sabemos nada los unos de los otros. Conocemos a mucha gente, pero… ¿La conocemos de verdad, o somos unos perfectos desconocidos los unos para con los otros?

Quizás nuestros compromisos diarios de trabajo han aumentado, ganamos mucho más que antes, pero a cambio gastamos más porque nos hemos creado muchas necesidades y nuestro tiempo para disfrutar y compartir con los nuestros ha disminuído.

Los medios de comunicación, tan al alcance de todos nosotros, nos permiten estar mejor informados que nunca, pero… ¿Hasta qué punto influyen en nosotros? ¿Hasta qué punto influyen en la formación de nuestros propios criterios y nuestros valores personales? ¿No nos acostumbramos con demasiada frecuencia a considerar normal lo que no lo es, debido a la insistencia y machaconería de algunos mensajes aparecidos en los medios?

Con qué alegría hablamos y hablamos como si fuéramos entendidos en la materia de cuestiones que a veces no hemos profundizado lo suficiente y que tan solo sabemos de oídas. Defendemos nuestras ideas a brazo partido, pensando que no hay más verdad que la nuestra, despreciando las opiniones ajenas.

Nuestra moral se ha relajado. Disponemos de más libertad, pero andamos tristes por la vida amando poco y envidiando y odiando demasiado.

Deberíamos aprender a disfrutar de esta vida y no a pasar por ella sobreviviendo.

Y vosotros… ¿Qué opináis?

16
Jun
08

Cuando la vida golpea

Cuando la vida golpea y golpea…

Cuando no entendemos lo que ocurre a nuestro alrededor…

Cuando las palabras se quedan pequeñas para expresar nuestros sentimientos…

Cuando uno quiere encajar los golpes que la vida le da y no pedir a la vida imposibles…

Cuando cuesta mantener tus valores y criterios firmes y no dejarte llevar por la amargura y la decepción…

Cuando intentas sacar lo positivo de las situaciones adversas, es gratificante encontrar en la red personas que han escrito textos que describen a la perfección aquello que tú no has acertado a expresar.

 

 

Me refiero a Alfonso Aguiló autor de:

 

“Los golpes de la vida”

William Shakespeare dejó escrito que no hay otro camino para la madurez que aprender a soportar los golpes de la vida.

Porque la vida de cualquier hombre, lo quiera o no, trae siempre golpes. Vemos que hay egoísmo, maldad, mentiras, desagradecimiento. Observamos con asombro el misterio del dolor y de la muerte. Constatamos defectos y limitaciones en los demás, y lo constatamos igualmente cada día en nosotros mismos.

Toda esa dolorosa experiencia es algo que, si lo sabemos asumir, puede ir haciendo crecer nuestra madurez interior. La clave es saber aprovechar esos golpes, saber sacar todo el oculto valor que encierra aquello que nos contraría, lograr que nos mejore aquello que a otros les desalienta y les hunde.

¿Y por qué lo que a unos les hunde a otros les madura y les hace crecerse? Depende de cómo se reciban esos reveses. Si no se medita sobre ellos, o se medita pero sin acierto, sin saber abordarlo bien, se pierden excelentes ocasiones para madurar, o incluso se produce el efecto contrario. La falta de conocimiento propio, la irreflexión, el victimismo, la rebeldía inútil, hacen que esos golpes duelan más, que nos llenen de malas experiencias y de muy pocas enseñanzas.

La experiencia de la vida sirve de bien poco si no se sabe aprovechar. El simple transcurso de los años no siempre aporta, por sí solo, madurez a una persona. Es cierto que la madurez se va formando de modo casi imperceptible en una persona, pero la madurez es algo que se alcanza siempre gracias a un proceso de educación -y de autoeducación-, que debe saber abordarse.

La educación que se recibe en la familia, por ejemplo, es sin duda decisiva para madurar. Los padres no pueden estar siempre detrás de lo que hacen sus hijos, protegiéndoles o aconsejándoles a cada minuto. Han de estar cercanos, es cierto, pero el hijo ha de aprender a enfrentarse a solas con la realidad, ha de aprender a darse cuenta de que hay cosas como la frustración de un deseo intenso, la deslealtad de un amigo, la tristeza ante las limitaciones o defectos propios o ajenos…, son realidades que cada uno ha de aprender poco a poco a superar por sí mismo. Por mucho que alguien te ayude, al final siempre es uno mismo quien ha de asumir el dolor que siente, y poner el esfuerzo necesario para superar esa frustración.

        Una manifestación de inmadurez es el ansia descompensada de ser querido. La persona que ansía intensamente recibir demostraciones de afecto, y que hace de ese afán vehemente de sentirse querido una permanente y angustiosa inquietud en su vida, establece unas dependencias psicológicas que le alejan del verdadero sentido del afecto y de la amistad. Una persona así está tan subordinada a quienes le dan el afecto que necesita, que acaba por vaciar y hasta perder el sentido de su libertad.

Saber encajar los golpes de la vida no significa ser insensible. Tiene que ver más con aprender a no pedir a la vida más de lo que puede dar, aunque sin caer en un conformismo mediocre y gris; con aprender a respetar y estimar lo que a otros les diferencia de nosotros, pero manteniendo unas convicciones y unos principios claros; con ser pacientes y saber ceder, pero sin hacer dejación de derechos ni abdicar de la propia personalidad.

        Hemos de aprender a tener paciencia. A vivir sabiendo que todo lo grande es fruto de un esfuerzo continuado, que siempre cuesta y necesita tiempo. A tener paciencia con nosotros mismos, que es decisivo para la propia maduración, y a tener paciencia con todos (sobre todo con los tenemos más cerca).

        Y podría hablarse, por último, de otro tipo de paciencia, no poco importante: la paciencia con la terquedad de la realidad que nos rodea. Porque si queremos mejorar nuestro entorno necesitamos armarnos de paciencia, prepararnos para soportar contratiempos sin caer en la amargura. Por la paciencia el hombre se hace dueño de sí mismo, aprende a robustecerse en medio de las adversidades. La paciencia otorga paz y serenidad interior. Hace al hombre capaz de ver la realidad con visión de futuro, sin quedarse enredado en lo inmediato. Le hace mirar por sobreelevación los acontecimientos, que toman así una nueva perspectiva. Son valores que quizá cobran fuerza en nuestro horizonte personal a medida que la vida avanza: cada vez valoramos más la paciencia, ese saber encajar los golpes de la vida, mantener la esperanza y la alegría en medio de las dificultades.

 

Texto obtenido en la web:  

http://www.fluvium.org/textos/etica/eti02.htm

22
Abr
08

Llegar a viejo es un privilegio

 

 Hace días que quiero escribir sobre este tema para plasmar alguno de mis pensamientos. Me cuesta encontrar las palabras idóneas. Día tras día cojo el tema y lo dejo. Hoy por fin me decido.

En líneas generales pienso que el hombre envejece tal cual vive.

Hoy, debido a los cambios que ha experimentado la sociedad en las últimas décadas y el envejecimiento de la población, impide que un buen número de ancianos necesitados de ayuda y cuidados permanentes, puedan llevar con normalidad su vida dentro de su hogar habitual. Esto ha hecho que florezcan residencias para ancianos de todo tipo.

Soy testigo día a día de lo que ocurre dentro de una de esas “rejas de alto standing” y la llamo así porque la categoría de la residencia es alta, pero como bien dice el refrán popular, “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión.”

Aunque las instalaciones sean excelentes, el personal médico y de enfermería cualificado, las residencias hoy son negocios y como todo negocio, el fin es ganar dinero. Como cualquier empresa, la residencia busca el máximo rendimiento al menor costo. El ahorro se obtiene de diferentes formas:

          – Principalmente con los trabajadores: Festivos y fines de semana sin médico y disminución de personal son prácticas habituales.

          – Otra práctica es cobrar elevadas cuotas que cubren lo mínimo indispensible para tener que abonar a parte los más esenciales útiles y servicios de aseo diario (gel de baño, jabón, corte de uñas…etc.)

El trato a los ancianos, en lo que se ve por fuera es bueno. Pero yo voy a ir un poco más al fondo y reflexionar sobre las impresiones personales que yo tengo por lo que conozco.

Ancianos aparcados en sus sillas de ruedas horas y horas un día detrás de otro con el único aliciente de que mañana el día será igual.

Aunque los ancianos reciban visitas diarias, en una visita no puedes apreciar si han sentido frío o calor, si han sentido hambre a media mañana o si les apetecía un caramelo cuando les daba la tos. En una visita no puedes averiguar si le apetecía estar un ratito viendo fotografías del album familiar para refrescar esa memoria que está abandonado su cansado cerebro o salir a dar un paseo por el parque para recibir la caricia del sol.

Me pongo en el lugar de esos ancianos dependientes que ya no son capaces ni de pedir un vaso de agua y percibo la indefensión, la despersonalización. Su opinión ya no cuenta. ¿Quién decide que están cansados de mantener por horas la misma posición?

Un mal día lo tiene cualquiera, no dejan de ser personas que arrastran tras de sí un cúmulo de vivencias y su humor debido a las circunstancias cambia. Pero…, el mal día, el genio, las salidas de tono, enseguida son interpretadas por los especialistas y se les administra medicación para tranquilizarles. Esto me recuerda lo que nos decía un anciano que está alojado en la residencia y contento porque su salud le permite entrar y salir del recinto cuando quiere y dice encontrarse como en un hotel y así no da trabajo a sus hijos: “No os preocupéis, decía, que aquí la van a tratar bien, si está baja de ánimo la animarán y si se sube la bajarán”. ¿Qué quería decir? pensé entonces. Hoy ya lo sé.

¿Cuánta atención personalizada? ¿Cuántos minutos al día de charla para cada anciano individualizado? ¿Cuántas caricias, besos, para que se sientan acompañados, queridos recibirán? Quizás estas prácticas serían el mejor tranquilizante en muchos casos.

¿Quién les va a dar la mano, sujetar la frente, dar conversación o hacer una caricia cuando por razones de enfermedad necesiten estar encamados? El personal de servicio, por muy cualificado que esté, tienen muchos ancianos que atender y no pueden perder el tiempo más allá de unos minutos.

No nos engañemos los ancianos no son enfermos, tienen enfermedades y achaques propios del deterioro que sufre el cuerpo humano. Las residencias cubren una gran labor pero los ancianos en residencias se apartan del entorno familiar, pierden intimidad, pierden el contacto con aquellos objetos personales que evocan su pasado y se les despersonaliza, pasan a ser uno más para la gran mayoría.

Yo me pregunto: ¿No será que las residencias enmascaran en el fondo la exclusión social de este colectivo?

Llegar a viejo es un privilegio, pero hay que dar dignidad a la vejez. Las jaulas, aunque sean de oro, no dejan de ser jaulas.

Ya sé que en muchas ocasiones y determinadas enfermedades requieren una atención especial. Imagino que muchos de los que leáis estas líneas tendréis mil y un argumentos de las bondades de las residencias, pero yo lo veo así.

Y termino con una frase de un anciano conocido: “Cómo te ves, me ví y como me ves te verás, todo es cuestión de respeto no de edad…”

Os dejo un enlace a una canción de Joan Manuel Serrat que es una preciosidad: “Llegar a viejo”

http://es.youtube.com/watch?v=d0GzbXLj-dQ

01
Abr
08

Hipocresía social

hipocresia.jpg

Cada vez son más las voces que se alzan proclamando que la sociedad que nos ha tocado vivir es injusta, egoísta e insolidaria. Reclamamos derechos ante las diferentes situaciones de la vida. Al mismo tiempo relegamos sin el menor escrúpulo y sin cargo de conciencia alguno a ciertos sectores de la sociedad al anonimato más absoluto.

Podemos lanzar al mundo los mejores argumentos, adornados con frases que dejen boquiabiertos a nuestros interlocutores para quedar bien en la galería de la vida. Nuestro discurso de solidaridad, igualdad, libertad quedará anulado porque nuestros actos lo desmentirán.

hipocresia-social.jpg

Nuestra sociedad actual es pura fachada, predomina la mentira, la adulación barata, las medias verdades, el engaño, la ley del más fuerte. Nos hemos hecho esclavos del consumismo. Confundimos calidad de vida con cantidad de bienes materiales. Anteponemos lo material a las personas.

Parece que los únicos intereses que nos mueven son nuestros problemas, nuestro confort, los problemas de los demás nos dan exactamente igual.

Durante un tiempo esta sociedad moderna nos trajo familias menos extensas. El trabajo del padre y la madre fuera del hogar, la falta de tiempo han hecho que las familias se redujeran casi exclusivamente a padres e hijos sin tiempo para cultivar otro tipo de relaciones ni con abuelos, tios u otros familiares más allá de la relación por puro compromiso.

Pero la modernidad está llena de contradicciones. Esas mujeres y hombres que un día tuvieron que sacrificar la compañía de sus hijos para dejarlos en guarderías o al cuidado de terceras personas para poder incorporarse al mundo laboral, hoy son abuelos y ocupan un papel primordial en las nuevas familias haciendo de canguros y ocupándose de sus nietos como no lo pudieron hacer de sus hijos.

Todo no son ventajas, algunos abuelos por miedo a perder la relación con sus nietos son incapaces de reconocer que las fuerzas flaquean. Los niños por otro lado pueden sufrir la diferencia de conceptos educativos. Los abuelos suelen tender a proteger y disfrutar de sus nietos, como así tiene que ser y los padres tienen la obligación de exigir, implantar disciplina, crear hábitos…etc, en una palabra educar a sus vástagos. Todo esto en ocasiones genera conflictos.

Transcurrido un periodo de tiempo, cuando los abuelos ya no son productivos y necesitan cuidados aparecen nuevamente las frases grandilicuentes, la filosofía barata, las escusas pobres, los argumentos cara a la galería que justifican nuestras acciones, la reclamación de derechos. Aparecen los intereses personales y el confort individual.

Pero aquí aparece nuevamente la Sociedad moderna, progresista con papá Estado buscando el bienestar para la población y aportando soluciones y leyes que les reportarán beneficio social y votos para seguir gobernando más que soluciones para estos sectores de población que ya no son capaces de valerse por sí mismos.

El poco valor que damos en las sociedades modernas a todo aquello que no es productivo me recuerda el ejemplo que cierto conferenciante ponía al comienzo de su charla para ilustrar a su audiencia de que lo que importa no son las apariencias si no lo que hacemos.

El conferenciante se dirige a la audiencia mostrando un billete “potente”. “¿Quién lo quiere?”, pregunta. Todos levantan la mano. El conferenciante arruga el billete y vuelve a preguntar: “¿y ahora?, ¿quién lo quiere?”. Las mismas manos se vuelven a levantar. Esta vez tira el billete al suelo y lo pisotea. Así, sucio y hecho un guiñapo lo muestra a la concurrencia. “¿Quién quiere todavía el billete?”. Las manos siguen levantadas.

Todos quieren el billete; da igual que esté manoseado, pisado, arrugado. El billete sigue conservando intacto su valor. Lo mismo sucede con nuestras vidas dice el conferenciante. Jamás perdemos nuestro valor. Ajados, enfermos, sin apenas movilidad porque la artrosis y la artritis nos ha dejado molidos, un poco -o un mucho- sordos, con dificultad para caminar.

El conferenciante concluye: “Nada de eso altera la importancia que tenemos. El precio de la vida no radica en lo que aparentamos ser, sino en lo que hacemos y sabemos.”

Los dependientes, los excluídos necesitan, además de atenciones físicas, salud y dinero, una tercera “prestación”: El amor.

¿Papá Estado se va a encargar de eso también?

¡Cuánta hipocresía social para resolver los problemas!

¡No todo en esta vida se resuelve con dinero y cosas materiales!




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