Archivo para 22 junio 2008

22
Jun
08

Ayer y hoy

Que la vida cambia con el paso de los años es una realidad que cualquiera podemos constatar.

Hoy, a propósito de un comentario realizado por Ibelisse en el post “Calidad humana” de este blog, en el que invita a reflexionar, yo me planteo las siguientes cuestiones:

¿Nuestra forma de vida ha mejorado con el paso de los años? ¿Vivimos hoy mejor que ayer? ¿La calidad de vida es hoy mayor?

Supongo que todo dependerá del cristal con el que se mire, pero hay cuestiones que al mismo tiempo que hacen al hombre progresar también lo destruyen.

Nuestras viviendas han aumentado en tamaño, en comodidades, pero nuestras familias cada vez son más pequeñas, cada vez disponemos de menos tiempo para compartir. Cada vez son más hogares los que se rompen. Tenemos mejores sueldos, disponemos de más comida, pero nos alimentamos peor.

Algunos vivimos en grandes ciudades, cuayas propiedades son un trozo de aire en el piso…

No conocemos a nuestros vecinos. Todos estamos excesivamente ocupados, entramos, salimos, pero no sabemos nada los unos de los otros. Conocemos a mucha gente, pero… ¿La conocemos de verdad, o somos unos perfectos desconocidos los unos para con los otros?

Quizás nuestros compromisos diarios de trabajo han aumentado, ganamos mucho más que antes, pero a cambio gastamos más porque nos hemos creado muchas necesidades y nuestro tiempo para disfrutar y compartir con los nuestros ha disminuído.

Los medios de comunicación, tan al alcance de todos nosotros, nos permiten estar mejor informados que nunca, pero… ¿Hasta qué punto influyen en nosotros? ¿Hasta qué punto influyen en la formación de nuestros propios criterios y nuestros valores personales? ¿No nos acostumbramos con demasiada frecuencia a considerar normal lo que no lo es, debido a la insistencia y machaconería de algunos mensajes aparecidos en los medios?

Con qué alegría hablamos y hablamos como si fuéramos entendidos en la materia de cuestiones que a veces no hemos profundizado lo suficiente y que tan solo sabemos de oídas. Defendemos nuestras ideas a brazo partido, pensando que no hay más verdad que la nuestra, despreciando las opiniones ajenas.

Nuestra moral se ha relajado. Disponemos de más libertad, pero andamos tristes por la vida amando poco y envidiando y odiando demasiado.

Deberíamos aprender a disfrutar de esta vida y no a pasar por ella sobreviviendo.

Y vosotros… ¿Qué opináis?

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16
Jun
08

Cuando la vida golpea

Cuando la vida golpea y golpea…

Cuando no entendemos lo que ocurre a nuestro alrededor…

Cuando las palabras se quedan pequeñas para expresar nuestros sentimientos…

Cuando uno quiere encajar los golpes que la vida le da y no pedir a la vida imposibles…

Cuando cuesta mantener tus valores y criterios firmes y no dejarte llevar por la amargura y la decepción…

Cuando intentas sacar lo positivo de las situaciones adversas, es gratificante encontrar en la red personas que han escrito textos que describen a la perfección aquello que tú no has acertado a expresar.

 

 

Me refiero a Alfonso Aguiló autor de:

 

“Los golpes de la vida”

William Shakespeare dejó escrito que no hay otro camino para la madurez que aprender a soportar los golpes de la vida.

Porque la vida de cualquier hombre, lo quiera o no, trae siempre golpes. Vemos que hay egoísmo, maldad, mentiras, desagradecimiento. Observamos con asombro el misterio del dolor y de la muerte. Constatamos defectos y limitaciones en los demás, y lo constatamos igualmente cada día en nosotros mismos.

Toda esa dolorosa experiencia es algo que, si lo sabemos asumir, puede ir haciendo crecer nuestra madurez interior. La clave es saber aprovechar esos golpes, saber sacar todo el oculto valor que encierra aquello que nos contraría, lograr que nos mejore aquello que a otros les desalienta y les hunde.

¿Y por qué lo que a unos les hunde a otros les madura y les hace crecerse? Depende de cómo se reciban esos reveses. Si no se medita sobre ellos, o se medita pero sin acierto, sin saber abordarlo bien, se pierden excelentes ocasiones para madurar, o incluso se produce el efecto contrario. La falta de conocimiento propio, la irreflexión, el victimismo, la rebeldía inútil, hacen que esos golpes duelan más, que nos llenen de malas experiencias y de muy pocas enseñanzas.

La experiencia de la vida sirve de bien poco si no se sabe aprovechar. El simple transcurso de los años no siempre aporta, por sí solo, madurez a una persona. Es cierto que la madurez se va formando de modo casi imperceptible en una persona, pero la madurez es algo que se alcanza siempre gracias a un proceso de educación -y de autoeducación-, que debe saber abordarse.

La educación que se recibe en la familia, por ejemplo, es sin duda decisiva para madurar. Los padres no pueden estar siempre detrás de lo que hacen sus hijos, protegiéndoles o aconsejándoles a cada minuto. Han de estar cercanos, es cierto, pero el hijo ha de aprender a enfrentarse a solas con la realidad, ha de aprender a darse cuenta de que hay cosas como la frustración de un deseo intenso, la deslealtad de un amigo, la tristeza ante las limitaciones o defectos propios o ajenos…, son realidades que cada uno ha de aprender poco a poco a superar por sí mismo. Por mucho que alguien te ayude, al final siempre es uno mismo quien ha de asumir el dolor que siente, y poner el esfuerzo necesario para superar esa frustración.

        Una manifestación de inmadurez es el ansia descompensada de ser querido. La persona que ansía intensamente recibir demostraciones de afecto, y que hace de ese afán vehemente de sentirse querido una permanente y angustiosa inquietud en su vida, establece unas dependencias psicológicas que le alejan del verdadero sentido del afecto y de la amistad. Una persona así está tan subordinada a quienes le dan el afecto que necesita, que acaba por vaciar y hasta perder el sentido de su libertad.

Saber encajar los golpes de la vida no significa ser insensible. Tiene que ver más con aprender a no pedir a la vida más de lo que puede dar, aunque sin caer en un conformismo mediocre y gris; con aprender a respetar y estimar lo que a otros les diferencia de nosotros, pero manteniendo unas convicciones y unos principios claros; con ser pacientes y saber ceder, pero sin hacer dejación de derechos ni abdicar de la propia personalidad.

        Hemos de aprender a tener paciencia. A vivir sabiendo que todo lo grande es fruto de un esfuerzo continuado, que siempre cuesta y necesita tiempo. A tener paciencia con nosotros mismos, que es decisivo para la propia maduración, y a tener paciencia con todos (sobre todo con los tenemos más cerca).

        Y podría hablarse, por último, de otro tipo de paciencia, no poco importante: la paciencia con la terquedad de la realidad que nos rodea. Porque si queremos mejorar nuestro entorno necesitamos armarnos de paciencia, prepararnos para soportar contratiempos sin caer en la amargura. Por la paciencia el hombre se hace dueño de sí mismo, aprende a robustecerse en medio de las adversidades. La paciencia otorga paz y serenidad interior. Hace al hombre capaz de ver la realidad con visión de futuro, sin quedarse enredado en lo inmediato. Le hace mirar por sobreelevación los acontecimientos, que toman así una nueva perspectiva. Son valores que quizá cobran fuerza en nuestro horizonte personal a medida que la vida avanza: cada vez valoramos más la paciencia, ese saber encajar los golpes de la vida, mantener la esperanza y la alegría en medio de las dificultades.

 

Texto obtenido en la web:  

http://www.fluvium.org/textos/etica/eti02.htm




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