Archivo para 22 abril 2008

22
Abr
08

Llegar a viejo es un privilegio

 

 Hace días que quiero escribir sobre este tema para plasmar alguno de mis pensamientos. Me cuesta encontrar las palabras idóneas. Día tras día cojo el tema y lo dejo. Hoy por fin me decido.

En líneas generales pienso que el hombre envejece tal cual vive.

Hoy, debido a los cambios que ha experimentado la sociedad en las últimas décadas y el envejecimiento de la población, impide que un buen número de ancianos necesitados de ayuda y cuidados permanentes, puedan llevar con normalidad su vida dentro de su hogar habitual. Esto ha hecho que florezcan residencias para ancianos de todo tipo.

Soy testigo día a día de lo que ocurre dentro de una de esas “rejas de alto standing” y la llamo así porque la categoría de la residencia es alta, pero como bien dice el refrán popular, “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión.”

Aunque las instalaciones sean excelentes, el personal médico y de enfermería cualificado, las residencias hoy son negocios y como todo negocio, el fin es ganar dinero. Como cualquier empresa, la residencia busca el máximo rendimiento al menor costo. El ahorro se obtiene de diferentes formas:

          – Principalmente con los trabajadores: Festivos y fines de semana sin médico y disminución de personal son prácticas habituales.

          – Otra práctica es cobrar elevadas cuotas que cubren lo mínimo indispensible para tener que abonar a parte los más esenciales útiles y servicios de aseo diario (gel de baño, jabón, corte de uñas…etc.)

El trato a los ancianos, en lo que se ve por fuera es bueno. Pero yo voy a ir un poco más al fondo y reflexionar sobre las impresiones personales que yo tengo por lo que conozco.

Ancianos aparcados en sus sillas de ruedas horas y horas un día detrás de otro con el único aliciente de que mañana el día será igual.

Aunque los ancianos reciban visitas diarias, en una visita no puedes apreciar si han sentido frío o calor, si han sentido hambre a media mañana o si les apetecía un caramelo cuando les daba la tos. En una visita no puedes averiguar si le apetecía estar un ratito viendo fotografías del album familiar para refrescar esa memoria que está abandonado su cansado cerebro o salir a dar un paseo por el parque para recibir la caricia del sol.

Me pongo en el lugar de esos ancianos dependientes que ya no son capaces ni de pedir un vaso de agua y percibo la indefensión, la despersonalización. Su opinión ya no cuenta. ¿Quién decide que están cansados de mantener por horas la misma posición?

Un mal día lo tiene cualquiera, no dejan de ser personas que arrastran tras de sí un cúmulo de vivencias y su humor debido a las circunstancias cambia. Pero…, el mal día, el genio, las salidas de tono, enseguida son interpretadas por los especialistas y se les administra medicación para tranquilizarles. Esto me recuerda lo que nos decía un anciano que está alojado en la residencia y contento porque su salud le permite entrar y salir del recinto cuando quiere y dice encontrarse como en un hotel y así no da trabajo a sus hijos: “No os preocupéis, decía, que aquí la van a tratar bien, si está baja de ánimo la animarán y si se sube la bajarán”. ¿Qué quería decir? pensé entonces. Hoy ya lo sé.

¿Cuánta atención personalizada? ¿Cuántos minutos al día de charla para cada anciano individualizado? ¿Cuántas caricias, besos, para que se sientan acompañados, queridos recibirán? Quizás estas prácticas serían el mejor tranquilizante en muchos casos.

¿Quién les va a dar la mano, sujetar la frente, dar conversación o hacer una caricia cuando por razones de enfermedad necesiten estar encamados? El personal de servicio, por muy cualificado que esté, tienen muchos ancianos que atender y no pueden perder el tiempo más allá de unos minutos.

No nos engañemos los ancianos no son enfermos, tienen enfermedades y achaques propios del deterioro que sufre el cuerpo humano. Las residencias cubren una gran labor pero los ancianos en residencias se apartan del entorno familiar, pierden intimidad, pierden el contacto con aquellos objetos personales que evocan su pasado y se les despersonaliza, pasan a ser uno más para la gran mayoría.

Yo me pregunto: ¿No será que las residencias enmascaran en el fondo la exclusión social de este colectivo?

Llegar a viejo es un privilegio, pero hay que dar dignidad a la vejez. Las jaulas, aunque sean de oro, no dejan de ser jaulas.

Ya sé que en muchas ocasiones y determinadas enfermedades requieren una atención especial. Imagino que muchos de los que leáis estas líneas tendréis mil y un argumentos de las bondades de las residencias, pero yo lo veo así.

Y termino con una frase de un anciano conocido: “Cómo te ves, me ví y como me ves te verás, todo es cuestión de respeto no de edad…”

Os dejo un enlace a una canción de Joan Manuel Serrat que es una preciosidad: “Llegar a viejo”

http://es.youtube.com/watch?v=d0GzbXLj-dQ

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17
Abr
08

La familia y la televisión

Los niños ante la televisiónDe todos los medios de comunicación social que existen, es la televisión la que no suele faltar en casi ningún hogar.

Esa ventana que se ha instalado en nuestros hogares y con nuestro consentimiento, nos da la posibilidad de asomarnos al mundo y nos informa de lo que acontece en cualquier parte de forma inmediata. Al presentarnos la información con imágenes, hace que las posibilidades educativas sean enormes. Pero no todo lo que sale por esa ventana tiene carácter educativo, así que los padres debemos estar atentos para que nuestros hijos reciban los mensajes y la información correctamente.

La televisión no es mala ni buena, todo depende de uso que se le de. Los padres deberemos tener las ideas claras en cuanto al uso que le den nuestros hijos y al tiempo que le dediquen. Hay que tener en cuenta que las televisiones se mueven por audiencias y van a emitir lo que más beneficio económico les proporcione.

De nosotros los padres depende que ete poderoso medio de comunicación social se convierta en un peligro o en una gran riqueza.

Si vemos la televisión en familia y nos damos un tiempo para hablar, pensar, intercambiar opiniones, etc., sobre lo que vemos, hasta de la peor programación podemos extraer experiencias positivas obteniendo el mensaje correcto de acuerdo a nuestras convicciones y valores.

Si por el contrario, tenemos la televisión como la niñera que entretiene a nuestros retoños, mientras nosotros nos ocupamos de nuestras cosas, la formación de nuestros hijos estará en peligro.

El mal uso de la televisión puede hacer daño a niños y mayores. El buen uso y la selección apropiada de programas puede ser formativo y enriquecedor.

Comparto con vosotros esta reflexión que he recibido hoy en mi correo electrónico sobre la meditación que hace un niño al final de su día.

 

“Señor, esta noche te pido algo especial…

“Señor, esta noche te pido algo especial… Convertirme en un televisor, quisiera ocupar su lugar. Quisiera vivir lo que vive la televisión de mi casa.

Es decir, tener un cuarto especial para mí y reunir a todos los miembros de mi familia a mi alrededor. Ser tomado en serio cuando hablo.

Convertirme en el centro de atención al que todos quieran escuchar sin interrumpir ni cuestionarle. Quisiera sentir el cuidado especial que recibe la tele cuando algo no funciona…

Y tener la compañia de mi papá cuando llega a casa, aunque esté cansado del trabajo. Y que mi mamá me busque cuando esté sola y aburrida, en lugar de ignorarme. Y que mis hermanos se peleen por estar conmigo…

Y que pueda divertirlos a todos, aunque a veces no les diga nada. Quisiera vivir la sensación de que lo dejen todo por pasar unos momentos a mí lado.

Señor no te pido mucho. Sólo  vivir lo que vive cualquier televisor…”

01
Abr
08

Hipocresía social

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Cada vez son más las voces que se alzan proclamando que la sociedad que nos ha tocado vivir es injusta, egoísta e insolidaria. Reclamamos derechos ante las diferentes situaciones de la vida. Al mismo tiempo relegamos sin el menor escrúpulo y sin cargo de conciencia alguno a ciertos sectores de la sociedad al anonimato más absoluto.

Podemos lanzar al mundo los mejores argumentos, adornados con frases que dejen boquiabiertos a nuestros interlocutores para quedar bien en la galería de la vida. Nuestro discurso de solidaridad, igualdad, libertad quedará anulado porque nuestros actos lo desmentirán.

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Nuestra sociedad actual es pura fachada, predomina la mentira, la adulación barata, las medias verdades, el engaño, la ley del más fuerte. Nos hemos hecho esclavos del consumismo. Confundimos calidad de vida con cantidad de bienes materiales. Anteponemos lo material a las personas.

Parece que los únicos intereses que nos mueven son nuestros problemas, nuestro confort, los problemas de los demás nos dan exactamente igual.

Durante un tiempo esta sociedad moderna nos trajo familias menos extensas. El trabajo del padre y la madre fuera del hogar, la falta de tiempo han hecho que las familias se redujeran casi exclusivamente a padres e hijos sin tiempo para cultivar otro tipo de relaciones ni con abuelos, tios u otros familiares más allá de la relación por puro compromiso.

Pero la modernidad está llena de contradicciones. Esas mujeres y hombres que un día tuvieron que sacrificar la compañía de sus hijos para dejarlos en guarderías o al cuidado de terceras personas para poder incorporarse al mundo laboral, hoy son abuelos y ocupan un papel primordial en las nuevas familias haciendo de canguros y ocupándose de sus nietos como no lo pudieron hacer de sus hijos.

Todo no son ventajas, algunos abuelos por miedo a perder la relación con sus nietos son incapaces de reconocer que las fuerzas flaquean. Los niños por otro lado pueden sufrir la diferencia de conceptos educativos. Los abuelos suelen tender a proteger y disfrutar de sus nietos, como así tiene que ser y los padres tienen la obligación de exigir, implantar disciplina, crear hábitos…etc, en una palabra educar a sus vástagos. Todo esto en ocasiones genera conflictos.

Transcurrido un periodo de tiempo, cuando los abuelos ya no son productivos y necesitan cuidados aparecen nuevamente las frases grandilicuentes, la filosofía barata, las escusas pobres, los argumentos cara a la galería que justifican nuestras acciones, la reclamación de derechos. Aparecen los intereses personales y el confort individual.

Pero aquí aparece nuevamente la Sociedad moderna, progresista con papá Estado buscando el bienestar para la población y aportando soluciones y leyes que les reportarán beneficio social y votos para seguir gobernando más que soluciones para estos sectores de población que ya no son capaces de valerse por sí mismos.

El poco valor que damos en las sociedades modernas a todo aquello que no es productivo me recuerda el ejemplo que cierto conferenciante ponía al comienzo de su charla para ilustrar a su audiencia de que lo que importa no son las apariencias si no lo que hacemos.

El conferenciante se dirige a la audiencia mostrando un billete “potente”. “¿Quién lo quiere?”, pregunta. Todos levantan la mano. El conferenciante arruga el billete y vuelve a preguntar: “¿y ahora?, ¿quién lo quiere?”. Las mismas manos se vuelven a levantar. Esta vez tira el billete al suelo y lo pisotea. Así, sucio y hecho un guiñapo lo muestra a la concurrencia. “¿Quién quiere todavía el billete?”. Las manos siguen levantadas.

Todos quieren el billete; da igual que esté manoseado, pisado, arrugado. El billete sigue conservando intacto su valor. Lo mismo sucede con nuestras vidas dice el conferenciante. Jamás perdemos nuestro valor. Ajados, enfermos, sin apenas movilidad porque la artrosis y la artritis nos ha dejado molidos, un poco -o un mucho- sordos, con dificultad para caminar.

El conferenciante concluye: “Nada de eso altera la importancia que tenemos. El precio de la vida no radica en lo que aparentamos ser, sino en lo que hacemos y sabemos.”

Los dependientes, los excluídos necesitan, además de atenciones físicas, salud y dinero, una tercera “prestación”: El amor.

¿Papá Estado se va a encargar de eso también?

¡Cuánta hipocresía social para resolver los problemas!

¡No todo en esta vida se resuelve con dinero y cosas materiales!




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